Aburey De Grey: Vivir para Siempre

Vivir para siempre

Aubrey de Grey cree que los niños naci­dos en las próximas décadas tendrán “ciertamente una muy buena probabilidad” de vivir 200 o 300 años. 0, como dice él, “indefinidamente”. Desde el otro lado de una mesa en el Hotel Algonquin, en Nueva York, un viernes por la mañana, De Grey se mesa los bigotes, largos como habanos, y agrega:

“Incluso las personas como tú o como yo tenemos todavía una probabilidad bastante razonable de acceder a la terapia”.

Cuando este británico habla de terapia se refiere nada menos que, en sus palabras, a “la derrota del envejecimiento”, un proceso diseñado por él mismo que espera tener dis­ponible dentro de 20 o 25 años. El secreto, según él, es tratar al envejecimiento como una enfermedad, como algo maligno que come y debilita nuestras células hasta dejar­las inútiles y estériles. Este enfoque, según el cual el envejecimiento es un proceso que se puede revertir -o curar-, y su manera metafórica y dramática de explicar sus pla­nes, han convertido a De Grey en una mezcla de científico y profeta, el jefe de un autotitulado “movimiento” que cambiará a la humanidad como nada la ha cambiado nunca.

Es imposible escuchar hablar a De Grey y no pensar qué relación tiene todo lo que dice con su aspecto, una mezcla en partes iguales de rockero, inventor loco y profesor de yoga. ¡Y esa barba! ¿Qué señales quiere enviar De Grey con esa barba gris, sin forma, larga hasta el pecho, más propia de un líder religioso o de un hippie de los años sesenta que de un científico preocupado por seducir al mundo? Él prefiere no darle mucha importancia -“a mi mujer le gusta”, explica cuando le pre­guntan-, pero da la impresión de ser algo más planificado de lo que él sugiere.

De Grey tiene 45 años, los pelos de la cabeza atados en una colita y lleva puestos jeans azules bastante gastados y una camisa color vino tipo leñadora. Parece representar menos años de los que tiene, en parte por la forma de vestirse y en parte por la vitalidad de su manera de hablar y la pasión con la que expone sus argumentos, la cual le da un brillo constante a sus ojos azules.

Hasta hace no mucho tiempo, el mundo científico creía que De Grey no sólo estaba equivocado: también decía que estaba loco. Ahora, después de que De Grey ha recaudado millones de dólares de financiamiento para sus investigaciones y ha dado cientos de con­ferencias en decenas de países, sus colegas todavía no están convencidos de que tiene razón, pero por lo menos ya no creen que está loco. “A mi me gusta definir mi evolu­ción en el ambiente académico como hacía Gandhi con sus propios contrincantes”, dice De Grey, quien explica: “primero te ignoran, después te ridiculizan, luego se te oponen y al final dicen que estuvieron contigo desde el principio”.

De Grey ya ha dejado atrás la primera fase y parece estar cerca de superar la segunda: casi ya nadie se atreve a ridiculizarlo y sus debates son ahora de igual a igual con otros científicos y gerontólogos (así se llaman los especialistas en el proceso de enveje­cer). Pronto, probablemente, comenzarán los debates con sectores más amplios de la sociedad. (En la misma mañana, por ejemplo, después de desayunar con Qua, De Grey visi­tó las oficinas neoyorquinas de Google para exponer sus ideas y posiblemente intentar conseguir algo de dinero.) Comenzaremos por preguntarle: ¿Realmente queremos vivir para siempre? ¿Qué haremos con todo ese tiempo, si así como estamos ahora le tenemos pánico al aburrimiento? ¿No habrá una explosión de la población mundial? ¿No estamos alterando el plan que la evolución, -o, para los creyentes, Dios- nos ha reservado en un proceso de millones de años?

Un taller para viejos

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Esta versión es la que informa su manera de acercarse al envejecimiento. Para De Grey, el cuerpo humano es como un carro: cuando las piezas se ponen viejas, no hay más que cambiarlas por otras nuevas. “En nuestra terapia, las piezas que vamos a reemplazar van a ser mucho más pequeñas, pero esa es realmente la única diferencia”, dice De Grey. Un buen ejemplo de esto sería una terapia con célu­las madre: “Reemplazaríamos células que han muerto o que no han sido reemplazadas naturalmente por división y diferenciación. Depende de cuál sea el tejido que queramos reparar, pero en general la terapia de células madre funciona inyec­tando células aptas y preparadas en la cir­culación del paciente, y ellas solas después encuentran el lugar donde quedarse”. De Grey también cree que la terapia génica, que consiste en inyectar genes en las células de un tejido enfermo, en especial para tratar enfermedades heredita­rias, también tendrá un rol importante en el grupo de terapias que conformarán el trata­miento para derrotar a la vejez.

De Grey no imagina a sus pacientes jóvenes, sino más bien entre los 45 y los SS años “por la misma razón por la cual uno no reemplaza un neumático al día siguiente de haberlo comprado” , explica. De Grey pone mucho énfasis en el concepto de “man­tenimiento”. Y es que “el funcionamiento natural de nuestro metabolismo tiene efectos secundarios negativos”, dice. “Nuestras tecnologías serán de mantenimiento de primer nivel, para remover estos efectos secundarios”. De Grey ha reducido a siete puntos los procesos corporales que aceleran el envejecimiento: a la manera de combatirlos le ha puesto un nombre: Estrategias para un Envejecimiento Insignificante Inducido (SENS, por sus siglas en inglés).

A De Grey le gusta poner el acento en la cura de las enfermedades porque no le gusta hablar de “vivir para siempre” – “aun­que entiendo que los diarios deben vender copias, e ‘inmortalidad’ es una palabra muy poderosa”, dice-, sino que prefiere resu­mir el objetivo de sus investigaciones como “aliviar sufrimiento”. Este hombre cree que ser viejo en el mundo actual es un castigo inhumano, y que desacelerarlo o evitarlo por completo es un favor o una misión, la cual vale mucho más que cual­quier obstáculo en el camino. “La extensión de la vida es sólo uno de los beneficios de nuestro programa. Lo principal que queremos es arreglar a la gente a nivel celular y molecular de una manera tan consistente como para que morir a los 90 años, en una noche cual­quiera, pacíficamente durante el sueño, sea igual de infrecuente como morir una noche cualquiera, pacíficamente durante el sueño, a los 30 años”.

En campaña

Siete claveLos siete procesos clave

Una de las actividades favoritas de De Grey es responder a sus críticos, de los cuales tiene muchos y de todos los colores: religiosos, políticos -de izquierda y de derecha-, cien­tíficos. Para todos ellos tiene respuestas y son siempre articuladas, apasionadas y un tanto arrogantes, y De Grey las ofrece en cada lugar donde se las piden. Lleva algo más de un año en una campaña de evangelización por varios países del mundo, cuyo objetivo principal es obtener dinero de donantes multimillonarios y también pregonar las bondades de su futuro tratamiento: quitarle a la sociedad lo que él llama la “tendencia pro-envejecimiento”. “Sólo recibimos dinero de donantes privados, nunca de los gobiernos”, explica De Grey.

Los gobiernos siempre están por debajo de lo esperado en estas cosas, dice. Lo que tienen los millonarios, de todas maneras, es que no les gusta que sus amigos se burlen de ellos por darle dinero a un loco que hace promesas imposibles: “Evangelizar es una parte fundamental del proceso de juntar dinero. La gente con dinero tiene dinero precisamente porque ha sido cuidadosa con él. Y entonces les explico quién soy y qué hago, para que pierdan el miedo”.

De Grey habla del miedo de los demás como una debilidad que puede ser curada con facilidad. Admite que algunas de las dudas del resto de la humanidad son “razonables”, pero que son producto de la ignorancia y rápidamente corregibles.

Varios de sus críticos muestran dudas que De Grey llama “directas” y que apuntan al miedo a la sobrepoblación, a que la terapia cree dos tipos de seres humanos -los perfectos y los imperfectos, los inmor­tales y los defectuosos: más desigualdad a un planeta ya bastante desigual- o a cómo podría sobrevivir un sistema de jubilaciones y pensiones con individuos que viven 500 años. “Son temores realmente estúpidos”, dice De Grey con una pequeña carcajada.

Sus respuestas a estas preguntas son que no habrá sobrepoblación porque la gente decidi­rá tener menos hijos y más tarde en sus vidas; que el tratamiento no empeorará la vida de nadie, sólo mejorará progresivamente la vida de la humanidad hasta finalmente cubrir a todos sus miembros, y que las pensiones no serán un proble­ma porque la gente podrá decidir si sigue trabajando todo el tiempo que quiera, o incluso retirarse durante un par de décadas y después reinventarse como piloto de aviones o escritor de novelas policiales. “Si uno lo piensa un poquito puede ver que estos problemas aunque existen, son pequeñeces si se les compara con los beneficios que traería curar todas estas enfermedades”. Entonces, ¿por qué tanta gente piensa así? “La gente quiere llegar a estas conclusiones porque necesita convencerse de que es una mala idea. Así pueden apagar sus cerebros y dejar de pensar”. Eso quiere decir que habrá un fuerte debate político sobre la aprobación del tratamiento? De Grey se quita de encima la pregunta como si no fuera importante: “No, para nada. No creo que haya mucho deba­te. Cuando el tratamiento esté igualmente disponible, la mayoría de la gente va a estar desesperada por tener acceso a él. Mucha gente va a estar dispuesta a pagar cantidades infernales de dinero”.

En 20 o 100 años

Para detener el tiempo

Para detener el tiempo

La confianza de De Grey en sí mismo y en sus investigaciones disminuye un poco cuando se le pregunta por los plazos. Todo esto es muy bonito, ¿pero cuándo ocurrirá? ¿Dentro de 20 años o dentro de un siglo? De Grey intenta no sonar demasiado optimista y… quiere dar la impresión de que sus investigaciones no están avanzando. “Aún creo que estamos a  25 años de poder aplicar estas terapias en humanos”, dice, admitiendo que sus pre­visiones iníciales se han alargado un poco:

En 2002, De Grey y su equipo dijeron que estaban a 10 años de duplicar la edad de sus ratones de laboratorio; hoy, seis años des­pués, admite que para eso todavía faltan “siete u ocho” años. “Me gustaría decir que hay posibilidades reales de que ocurra dentro de 20 años, pero es todo muy especulativo. Hay un 10% de posibi­lidades de que nos crucemos en el camino con algún gran obstáculo imprevisto que nos cueste otros 100 años de investigación”.

Hablando con De Grey uno nunca sabe cual es el límite entre el científico y el pro­feta, entre el investigador y el líder de un movimiento social todavía invisible. De hecho, su palabra favorita para describir el proceso de! que es parte es “movimiento”, una palabra cargada de sentido, usada a lo largo de la historia por líderes políticos y religiosos cuya preocupación principal, en la mayoría de los casos, no era la ciencia.

¿Por qué usa la palabra “movimien­to” para definir lo que hace? “Porque es una revolución. Es un intento de cambiar la forma en que la gente ve su vida y las de los demás. ¿No es esa la definición de un movimiento?”, responde.

Entrevista con De Grey

Aubrey De Grey, de 45 años, quiere vencer al envejecimiento

Aubrey De Grey, de 45 años, quiere vencer al envejecimiento

De Grey y… ¿la eterna juventud?

Desde Nueva York

Si usted tiene éxito, ¿significará eso que las mujeres podrán tener hijos a los 100 o 200 años de edad?

Sí, arreglaremos para siempre la menopausia. Este es un buen ejemplo para los temores sobre el exceso de población lo que ha pasa­do en las últimas décadas en Occidente y tam­bién en China e India es que las mujeres no sólo están teniendo menos hijos cada una, sino que también los están teniendo más tarde. Hay muchas cosas que quieren hacer antes de tener hijos. Ahora, si dejara de haber un límite temporal y las mujeres pudieran demorar su primer hijo hasta los 70 años, eso disminuiría la presión. Esto significa que estamos frente a una paradoja: la capacidad para tener más hijos se traducirá en los hechos en menos hijos y una presión a la baja sobre la población.

¿Sus objetivos incluyen una cura para el cáncer?

Sería insatisfactorio arreglar todo lo demás y no arreglar el tema del cáncer. Para empezar, si arre­glamos todo lo demás pero no el cáncer, la exten­sión de la vida que conseguiríamos sería de sólo unos 15 años, lo que es poco para nuestros obje­tivos. Por otra parte, el cáncer es horrible, y sabe­mos que es la parte más dura de arreglar del envejecimiento.

Da la impresión de que el movimiento que usted lidera tiene objetivos más amplios que el de la derrota del envejecimiento.

Creo que una de las consecuencias es que el mundo se transformará en un lugar muchísi­mo menos violento. Ya lo hemos visto: cada incremento en el control que uno tiene sobre su propia calidad de vida tiende a aumentar la percepción de) valor de la vida. Esto ocu­rre a nivel personal con situaciones como el crimen; a nivel nacional en términos de guerras y masacres, y en el ámbito institucio­nal, donde la pena de muerte, por ejemplo, casi ha desaparecido de las democracias.

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