El Diablo, desde el Infierno

a un Dios misericordioso inquieto a millones de personas a lo largo de los siglos. Algunas sufrieron temor por sus supuestas acechanzas y engaños, otras trataron de conquistar su favor. Hoy, cuando sabemos que el demonio fue básicamente una invención de la iglesia, surgen preguntas sobre Dios mismo y la innegable existencia del mal.

En la experiencia humana el mal se presenta de dos formas. Una parece inherente a la estructura del mundo y la naturaleza: las enfermedades y los desastres que cobran vidas y no son provocados por alguien que podamos identificar. La otra dimensión esta relacionada con el hombre, sus decisiones morales, las decisiones que se derivan de ellas y pueden provocar daño a los demás. Los dos fenómenos tiene las mismas consecuencias: el dolor y sufrimiento humanos, esencia del mal.

Las religiones significan, en buena medida, un intento por manejar ese sufrimiento y comprender ese mal. Ciertas visiones lo interpretan como castigo de Dios; otras lo consideran una falta de perspectiva sobre el plan divino, y otras mas piensan que es la expresión libre albedrio; Dios es tan bueno que permite a los humanos ser malos para ejercer su poder de decisión. Pero hay otra posible explicación mas fácil y atractiva: la existencia de una figura que se opone a su voluntad y le disputa el alama de los humanos; esa figura es el diablo.

Las religiones significan, en buena medida, un intento por manejar ese sufrimiento y comprender ese mal. Ciertas visiones lo interpretan como castigo de Dios; otras lo consideran falta de perspectiva sobre el plan divino, y más piensan que es la expresión del libre albedrio: Dios os es tan bueno que permite a los malos para ejercer su poder de decisión.

Pero hay otra posible explicación más fácil y atractiva: la existencia de una figura que se opone a su voluntad y le disputa el alma de hombres; esa figura es el diablo.

Resulta claro, de esta forma, que el demonio es una consecuencia natural de la creencia en un Dios bueno y sólo cobra sentido a la luz éste como una figura necesaria para expresar el triunfo del bien. El demonio es el supuesto responsable de todo lo males que acontecen en el mundo una figura central y muy poderosa. Antes del surgimiento de las religiones monoteístas, cuando la imaginación humana estaba poblada por numerosos dioses, su fuerza se distribuía entre deidades menores a las que se atribuían poderes aislados, como arruinar cosechas u ocasionar la desgracia de personas y familias.

Pero en la evolución del pensamiento religioso, cuando el poder del bien se concentró en la imagen de un dios único, los múltiples representantes del mal se unificaron también en una sola figura predominante. De esta manera, la imagen del diablo es una consecuencia del monoteísmo que imaginó a una entidad central que gobierna todos los acontecimientos humanos. En su Forma más común para nosotros, el diablo es un producto derivado de las grandes religiones monoteístas de Occidente: el judaísmo, el catolicismo y el islam, llamadas ‘religiones de Abraham’ pues todas se basan en el Antiguo Testamento.

Las primeras apariciones del diablo en las escrituras son borrosas y confusas. Al principio se habla varios demonios, imprecisas figuras buenas en su origen, que se rebelaron contra Dios antes de la creación de Adán y luego Fueron expulsadas del cielo; tenemos allí el primer atisbo de los ‘ángeles caídos’. No se mencionan de forma muy clara en los primeros libros de la

Biblia porque en el momento de su redacción estos textos buscaban enfocar la atención del pueblo hebreo en la figura de un Dios único y verdadero, y eliminar el culto a los demás espíritus que eran identificados con la idolatría de la religión primitiva.

A partir de este momento la figura del diablo cobró una forma más clara, pero no como auténtico enemigo de Dios, sino como su subordinado que hace las veces de fiscal para poner a prueba a los hombres y medir las dimensiones de su fe. Hallamos el ejemplo más claro en el Libro de Job. En este relato, que ha dado lugar a cientos de interpretaciones, el diablo propone a Dios tentar la paciencia de Job, un hombre próspero, justo y muy fiel; asegura que su fidelidad obedece a todos los beneficios que ha recibido de Dios pero que, al perderlos, renegará de su propio creador.

Así, Dios permite que la prueba se realice, Job es despojado de todas sus riquezas y privilegios, la desgracia se abate sobre su familia y su cuerpo se cubre de dolorosas llagas. Sin embargo, ni siquiera en esa situación duda de su fe; en la profundidad de su sufrimiento sigue alabando a Dios y respetando sus designios. Cuando la prueba llega a su fin, Job recupera sus antiguos bienes y el poder de la fe se engrandece.

Su historia de ningún modo se propone representar el triunfo de Dios sobre el diablo, pues en realidad los dos trabajaron de común acuerdo para este proyecto. Se trata, más bien, de mostrar la capacidad humana para seguir siendo fieles a los ideales de bondad, justicia y reverencia ante lo divino, aun en medio de las mayores calamidades. Esta fábula religiosa es una respuesta radical a la lucha entre el bien y el mal que se libra en el alma humana, y el demonio es un mero recurso para explorarla.

EL ADVERSARIO

La verdadera transformación del demonio ocurre en el Nuevo Testamento, donde incluso adquiere la denominación con la que se le conoció en todos los siglos posteriores. En la versión griega de las escrituras, la palabra Satancís significa ‘adversario’. Pero a pesar de ser un sustantivo pasó a casi todas las lenguas del mundo como el nombre propio del demonio.

En los Evangelios el adversario alcanza un rango mucho mayor al que tenía en las escrituras anteriores y su imagen se dibuja con precisión en dos planos que terminaron por mezclarse, El plano más significativo para el satanismo es su figuración como un ángel de luz que estaba al servicio de Dios. El desmedido orgullo que sentía por su belleza lo hizo caer, se convirtió en enemigo del creador y lo retó para impedir que llevara a cabo el proyecto de salvación de los hombres. Antes del inicio de su Pasión, el propio Jesucristo tuvo que enfrentarse con él en el desierto. El Evangelio según San Mateo relata este encuentro:

Entonces Jesús fue llevado por el espíritu al desierto, para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, sintió hambre. Y vino a él el tentador, y le dijo:

Si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan. Él respondió y dijo:

“Escrito está: No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Posteriormente el diablo lo llevó a la santa ciudad, y lo puso sobre el pináculo del templo, y le dijo: “Si eres hijo de Dios, échate abajo; porque escrito está: A sus ángeles mandará cerca de ti y en sus manos te sostendrán para que no tropieces con tu pie en piedra”. Jesús le dijo: “Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios”. Otra vez lo llevó el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo y la gloria de ellos, y le dijo: “Todo esto te daré, si postrado me adorares”. Entonces Jesús le dijo: “Vete de aquí Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás”. El diablo entonces lo dejó; y he aquí que vinieron ángeles y le servían.

En esas líneas hallamos que el propósito diabólico era alejar a Jesús de su misión, y esta idea se relaciona con los otros demonios del Nuevo Testamento, los adversarios a la prédica de Cristo. Éstos aparecen identificados como Satanás en varios pasajes de las escrituras. Es decir, Satanás no sólo es el nombre propio del diablo, sino un término general que puede aplicarse a cualquier persona que obstaculice las enseñanzas de Cristo. De nuevo en el Evangelio de Mateo leemos que Pedro intenta proteger a Jesús y le recomienda abandonar su misión. Jesús lo rechaza diciéndole: “Apártate de mi Satanásl”. Eso no significa que esté viendo en él al ángel caído, sino que en ese momento el discípulo actúa como adversario del plan establecido por Jesús, y por eso es su adversario.

De esta forma en el Nuevo Testamento tenemos dos tipos de enemigos: uno, muy destacado, que se identifica como el ángel caído, y una multitud de ellos que se oponen a Jesús en distintos momentos de su vida. Poco después llegó a establecerse una conexión entre esos adversarios; de una forma muy esquemática se consideró que la figura central operaba gracias a todo un conjunto de emisarios (identificados como Belcebú) que podían apoderarse de las personas en el proceso que llamamos posesión satánica. En los mismos Evangelios leemos que los emisarios del maligno incitan a los hombres a tener falsas creencias, que les provocan enfermedades; también conocemos la manera milagrosa en que Jesús logra derrotarlos una y otra vez.

Uno de los ejemplos más notables es cuando un habitante endemoniado de la región de Gergesa se encuentra de frente a Jesús. Éste invoca al ‘espíritu inmundo’ que se ha apoderado de aquel hombre y le pregunta cómo se llama. ‘Somos legión’, contestan los demonios que lo atormentan, y cuando se dan cuenta de que serán expulsados, piden a Jesús que les permita entrar en un grupo de puercos que pastan en la montaña. Jesús concede la petición, los demonios se posesionan de los puercos y éstos se arrojan a un lago, donde mueren ahogados.

Cuando Jesús predica ante los 12 discípulos, le comentan con admiración el poder que tiene sobre el mal: “Señor, hasta los demonios se sujetan en tu nombre”. Cristo, por su parte, reconoce haber visto que Satanás “caía como un relámpago del cielo”. En ese momento les da potestad a los discípulos para caminar sobre las serpientes y los escorpiones; les garantiza que quedarán indemnes cuando se enfrenten a los demonios.

Pero con todo y eso, les deja en claro que vencer a las legiones de diablos no es lo más importante en la experiencia de la religión: “No habéis de gozaros en esto de que los demonios se os sujetan, sino gozaos de que vuestros nombres están inscritos en el Cielo.” De esta manera comprobamos que la lucha contra Satanás no era el propósito central de Jesucristo, como después llegó a pensarse. La figura de Satanás posteriormente cobra mayor importancia en el Libro de la Revelación (o Apocalipsis) que cierra el Nuevo Testamento. De acuerdo con él, Cristo regresará para reinar sobre la Tierra y Satanás quedará sujeto con cadenas a lo largo de mil años. Al término de ese periodo será liberado para enfrentarse en una última batalla con Jesús. Al final de los tiempos Satanás será derrotado y el reino de Dios quedará instaurado para toda la eternidad.

¿REALIDAD O METÁFORA?

Hoy, cuando leemos estos pasajes bíblicos, nos surge una duda bien justificada:

¿Esa lucha con el demonio es una descripción realista o debemos considerarla un símbolo religioso? Para muchos intérpretes contemporáneos a nosotros ha de tomarse meramente como un relato metafórico sobre la lucha interior que se libra en el alma humana enfrentada a las decisiones morales. Los principios cristianos, el amor, la caridad y la entrega al prójimo, están sujetos a la amenaza de ideas contrarias como el odio, la destrucción y la indiferencia ante la desgracia ajena. El propio Jesús vivió ese conflicto interno en el desierto.

Tomando en cuenta que los Evangelios relatan la prédica de Jesús entre personas sencillas e ignorantes que requerían ejemplos muy claros de todo lo que les enseñaba, es probable que el diablo, los miembros de su legión y la descripción de la lucha fueran usados como meros recursos narrativos para aludir a esas ideas éticas más o menos abstractas. Incluso hoy nos es difícil comprender semejantes conceptos si no recurrimos a ejemplos sencillos.

Ignorando esa posible lectura, los primeros cristianos, aún muy marcados por ideas de la magia primitiva y el paganismo, optaron por una lectura literal del relato y consideraron que Satanás tenía una existencia objetiva como fuerza del mal; según el historiador de las religiones John Bowker, “se sentían inmersos en una batalla espiritual entre Dios, por un lado, y el demonio y las fuerzas del mal, por otro”. La visión de esa incipiente teología se fue enriqueciendo, a lo largo de los siglos, con la imaginación popular en un permanente proceso creativo que consolidó la figura del demonio con su temible caracterización.

El diablo adquirió incluso una forma física que comparte elementos con muchos de los monstruos soñados en la teratología medieval. Se le dieron curiosos atributos (como los cuernos, la cola y el trinche), se fijó su lugar de residencia en el Infierno —situado, según esto, exactamente en el centro de la Tierra—, se asoció con el fuego que todo lo consume y se le atribuyó una desaforada avidez sexual.

Al mismo tiempo, se le invistió del supuesto poder para entablar pactos con los seres humanos y concederles privilegios a cambio de su alma. Uno de los mejores ejemplos es la leyenda del doctor Fausto (recreada docena de veces en la literatura), quien negocia con Mefistófeles la recuperación transitoria de su juventud perdida. Todas estas aportaciones fueron fomentadas por la Iglesia, que durante muchos siglos redujo la vivencia de la religión a la lucha contra Satanás y realizó grandes empresas para encarar esa supuesta batalla.

¿Cuál era su objetivo? La Iglesia católica se expandía como una entidad multinacional con grandes ambiciones de poder temporal: riqueza, propiedades e influencia en las decisiones políticas. Para lograrlo afirmaba ser la genuina depositaria de las enseñanzas de Cristo y rechazaba todas las interpretaciones alternativas clasificadas genéricamente como herejías.

De esta forma organizó la persecución sistemática de diferentes grupos, como los cátaros, los gnósticos y los bogomilistas, bajo los cargos de adorar a Satanás. En realidad, ninguna de esas doctrinas tenía por objetivo instaurar el culto al demonio y desplazar al Dios cristiano; las falsas acusaciones se hicieron para borrar sus visiones alternativas. Un proceso parecido ocurrió con respecto a otras tradiciones religiosas no cristianas, la Iglesia las rechazó y exigió su combate bajo el argumento de que estaban inspiradas en el demonio. Puede mencionarse, a este propósito, el proceso de evangelización en el Nuevo Mundo. Parte central de ese proceso fue el establecimiento de la Inquisición, en especial su agresiva vertiente española, y las ‘cacerías de brujas’, organizadas contra mujeres acusadas de celebrar pactos con Satanás. En aquella época previa a la noción de ‘derechos humanos’ los juicios y condenas se realizaban mediante confesiones obtenidas bajo diferentes torturas y lograron crear auténticos episodios de histeria colectiva, como los casos de las brujas de Salem o los Demonios de Loudun. Destaquemos, además, el diseño del exorcismo como procedimiento para expulsar a los demonios que, al parecer, se apoderaban de seres humanos.

Estos agresivos programas de acción institucional cobraron miles de víctimas en el devenir de los siglos y tuvieron efectos paradójicos: generaron, en primer lugar, un enorme odio contra la Iglesia, y también difundieron, engrandecieron y promovieron, entre las masas ignorantes, la falsa figura de Satanás, llena de nuevos detalles que asombraron y estimularon la imaginación creativa.

Al describirlo como una fuerza que daba acceso al placer, a la riqueza y hasta a la recuperación de la juventud, hicieron de él un personaje atractivo cuya imagen sedujo a muchas personas pues ofrecía beneficios más fáciles y concretos que la doctrina de Jesucristo, un sistema de disciplina interior que sólo busca la salvación a través del amor. La conclusión que podemos obtener de estos hechos es que la propia Iglesia inventó a Satanás tal como lo conocemos hoy, construyó una simbiosis entre su figura y la de Dios, y concibió dos mundos contrarios y esquemáticos: Cielo e Infierno.

Aunque la creencia en demonios y dioses malignos de las religiones primitivas pudo desempeñar un papel importante en este proceso, el gran impulso a la figura de Satanás —creada casi bajo diseño— fue responsabilidad del pensamiento católico. La distancia entre los modestos adversarios de Jesús y la compleja elaboración cultural que más tarde dio forma al demonio es enorme. Los intérpretes más benévolos aseguran que este cambio resultó de la imaginación exaltada de la Iglesia. Una visión menos concesiva asegura que fue una estrategia deliberada para sembrar el terror y acrecentar su hegemonía.

La invención del demonio hizo posible que la Iglesia tuviera una justificación espiritual para consolidar su posición; gracias a ella adquirió licencia para eliminar a sus enemigos, participó en la brutal conquista de tierras recién descubiertas y hasta se deshizo de personas específicas que obstaculizaban sus propósitos: bastaba con acusarlas de satanismo y magia negra para que fueran ejecutadas.

SURGEN LOS CULTOS SATÁNICOS

Ese origen espurio y falso del demonio hace que los llamados ‘cultos satánicos’, tal como los comprendemos hoy día, sean recientes, pues no aparecieron sino hasta que la invención de Satanás se perfeccionó. No podemos englobar en ellos a los cultos paganos anteriores al cristianismo que se mantuvieron vivos mucho después del surgimiento de éste pues estaríamos cayendo en la propia trampa del pensamiento católico. Tampoco es viable confiar en los reportes de la Iglesia sobre antiguos actos de adoración pues muchos fueron falseados y exagerados como parte de ese afán que hemos descrito.

La teoría más aceptada señala que los primeros cultos satánicos fueron tardíos, aparecieron en el siglo XVII como una forma libre de desafiar la hegemonía y el poder institucional de la Iglesia católica y no tanto como desafíos radicales a la teología cristiana. La Iglesia comenzaba a fracturarse corno entidad multinacional y todopoderosa gracias a los progresos científicos que ocurrían en Europa y despejaban muchas de las falsas creencias que habían permitido al clero mantener su control social y político. Al estimular al hombre para el uso de su poder de razonamiento, la ilustración arrojaba su luz sobre el oscurantismo religioso.

En su versión más extrema, el pensamiento ilustrado, el cual marcó un salto cualitativo en la historia intelectual de la humanidad occidental, produjo el repudio absoluto a la religión católica. Durante la Revolución Francesa, en el siglo XVIII, los jacobinos organizaron una campaña radical para acabar con su poder material y espiritual y restaurar la libertad humana que había sofocado. Otras tendencias moderadas invitaron a tener una vivencia menos dramática de la religión, rechazaron la idea del diablo y propusieron la lectura metafórica de las escrituras.

Desprovisto del poder que le había conferido la Iglesia, el desempleado demonio se convirtió en pasatiempo de sociedades aburridas, como el París de finales del siglo XIX. El mejor testimonio de este uso se encuentra en las obras de autores como Charles Baudelaire (1821-1867) y Jons-Karl Huysmans (1848-1907), quienes lo toman como pretexto literario. La acusación de satanismo dejó su fuerza judicial y se redujo a una crítica superficial contra quienes llevaban un estilo de vida poco ortodoxo o tenían puntos de vista contrarios a los conservadores.

Existen datos aislados de aquella época sobre cultos satánicos, los cuales eran grupos juveniles que se reunían para beber, burlarse un poco de la Iglesia y expresar su sexualidad reprimida por siglos. Uno de ellos fue el club Heilfire, fundado en Inglaterra por Francis Dashwood (1708- 1771), a cuyos miembros se acusó, sin fundamento, de celebrar misas negras.

Un caso curioso es el del francés Eugéne Vintras. El modesto trabajador de una fábrica de cajas de cartón aseguró haber tenido visiones divinas que le anunciaban el advenimiento del Espíritu Santo y lo instruían para formar una iglesia disidente. Vintras creó la Iglesia del Carmel en 1848, predicó sus extrañas ideas por la Francia rural y realizó curiosos ritos que incluían masturbarse en el altar y desacralizar el pan bendito, Creía ser la reencarnación del profeta Elías.

Aunque su organización fue prohibida por el Papa, se mantuvo activa. Hacia el final de su vida, Vintras designó como su heredero a un hombre conocido como el abate Boullan, quien afirmaba ser San Juan Bautista. Éste se casó con una monja, predicó la salvación a través del sexo y, al parecer, sacrificó a uno de sus hijos en un altar. Murió de un ataque cardiaco en 1893 y conocemos sus acciones gracias a Jons-Karl Huysmans, quien en su novela Allá lejos (La-bas) describe una ceremonia donde la misa se recita al revés, el crucifijo se pone de cabeza y todo culmina con una gran orgía.

A pesar de que Vintras y Boullan no tuvieron ningún impacto después de su muerte, nos hemos detenido en sus casos porque ejemplifican muy bien las características de los supuestos cultos satánicos posteriores: su verdad histórica se confunde con las leyendas; se desarrollaron como conjuntos aislados y atípicos de seres marginales; estuvieron encabezados

por personajes extraños, a veces bajo la aflicción de alguna enfermedad de tipo mental; y, por último, carecieron de cualquier línea de continuidad.

Junto con ellos prosperaron otras figuras inofensivas y patéticas, como Aleister Crowley, millonario excéntrico y practicante del esoterismo que coqueteó con el demonio para deleite de la prensa sensacionalista. Se le ocurrió bautizar a un sapo y luego crucificarlo corno si fuera Cristo, pero hasta él mismo rechazó sus vínculos con el satanismo.

EL SATANISMO CONTEMPORÁNEO

Los satanistas del siglo pasado se distinguieron por afirmar que sus creencias no eran la simple inversión del pensamiento católico, sino una religión en sí misma con valores propios e independientes, como el fomento al egocentrismo y el desarrollo personal. De cualquier forma, en palabras de Christopher Partridge, editor del volumen New Religions, A Guide, “por una u otra razón, se opusieron con vehemencia a la doctrina cristiana, sus símbolos y prácticas, pues juzgaron que la civilización surgida de ella era corrupta e hipócrita”. Evaluar el impacto y las dimensiones reales de estos cultos no es fácil, pues funcionan en secreto y no hay suficientes investigaciones académicas sobre, ellos. Algunos autores hablan de una red grande y poderosa de adoradores de Satanás, entre cuyos miembros hay personas de todas las clases sociales, incluyendo fi- guras de la política. Pero aunque al parecer se trata de meras invenciones para despertar el temor y seguir escribiendo la leyenda del demonio, en las últimas décadas el satanismo ha cobrado un relativo número de adeptos cuyas prácticas se vuelven conocidas para la sociedad.

Un aspecto curioso es que varios de esos modernos grupos demoniacos se sienten inconformes con el uso del término Satanás y la relación que se les atribuye con él. Los llamados ‘setianos’ afirman que el concepto fue inventado por la Iglesia católica con el propósito de aterrorizar a los fieles, someterlos y justificar la existencia del cristianismo como doctrina central para la lucha contra el mal, por esta razón han decidido dar a su figura tutelar el nombre de Set.

Entre los diferentes grupos tampoco existe mucho consenso sobre lo que es Satanás. Una encuesta realizada en 1995 por Graham Harvey reveló una asombrosa pluralidad de visiones. Los participantes afirmaron que Satanás era “un ser real”, “una entidad incorpórea” o “el Señor de este mundo”. Otros dieron un contenido diferente a la idea: “Satanás es el arquetipo de la rebeldía”, la “expresión del principio masculino”, la “representación del orgullo, el interés por uno mismo y la búsqueda de la gratificación” o ‘la fuerza motriz de la evolución”.

El antes temible demonio se convirtió en un depósito de cualquier idea. En ciertos casos incluso perdió su carácter amenazante y maligno hasta convertirse en “un amigo que dispensa conocimientos”. Para muchos satanistas de hoy ni siquiera es necesario creer en un ser individual llamado Satanás, sólo hay que usarlo como una imagen útil para representar la búsqueda del beneficio personal y el poder del pensamiento disidente frente a la religión e instituciones establecidas en Occidente. Sólo un sector reducido de este movimiento tan diversificado asegura adorar a la bestia del Apocalipsis. Pero sus ideas no proceden de las escrituras ni de tradiciones antiguas, se inspiran más bien en las imágenes de la subcultura gótica y en el cine contemporáneo de horror. También son significativas para ellos las estrellas de rock que dicen oponerse a los valores cristianos y adorar al demonio. En una época los Rolling Stones se hicieron llamar “sus satánicas majestades” (título muy ampuloso para unos músicos de la tercera edad) y Marilyn Manson ha hecho un complicado montaje escénico que incluye la profanación de imágenes y el supuesto culto a Belcebú. El uso de frases latinas en sus canciones da un poco de miedo… que se disipa al instante.

Por vistosas que sean tales representaciones, a decir de los antropólogos de la religión son sólo una expresión de lo que en algún tiempo se llamó ‘rebeldía juvenil’, una muestra del choque entre las nuevas generaciones y los viejos principios. Sus mayores consecuencias han sido actos aislados de vandalismo y la ocasional profanación de cementerios e iglesias. Más allá de eso carecen de escrituras y fundamentos conceptuales, por lo que es más prudente verlos como meros movimientos sociales o culturales.

GRUPOS RIVALES

En el satanismo contemporáneo se distinguen dos corrientes diferentes. Por un lado están los grupos que se consideran a sí mismos como una religión con enseñanzas y prácticas que surgen a partir de un sistema más o menos fijo de creencias. Aunque en su gran mayoría han sido de vida corta, otros, como la Orden de los Nueve Ángulos y la Iglesia de la Liberación Satánica, han perdurado y mantienen sus enseñanzas en absoluto secreto, pero ni con mucho pueden considerarse peligrosos o amenazantes. Por otra parte, están las organizaciones que no tienen esas creencias pero emplean las imágenes, íconos y elementos asociados al satanismo para justificar sus comportamientos delictivos y antisociales. Estos incluyen el empleo de drogas, las prácticas sexuales extremas —como el sadomasoquismo y la necrofilia— y hasta el asesinato. Uno de los ejemplos más radicales fue el protagonizado por la secta de Charles Manson, La Familia, que en 1969 asesinó a la actriz Sharon Tate. Entre esa diversidad pueden distinguirse dos movimientos más destacados y significativos; la Iglesia de Satán y el Templo de Set.

La Iglesia de Satán: Esta organización satánica fue fundada en 1966 por Szandor LaVey (1930-1997), quien se declaró Papa Negro y organizó actos muy llamativos, como las bodas satánicas de celebridades y el bautizo demoniaco de su propia hija. Sus principales ideas se expresan en La Biblia Satánica (1969) y Los Rituales Satánicos (1972), libros que han sido clave para su movimiento. La primera está dedicada, entre otros, a Rasputín, Fritz Lang, Mark Twain, Howard Hughes, George Orwell, H. P. Lovecraft, H. G. Wells y Marilyn Monroe, un elenco que explica la mezcolanza absurda de sus ideas.

Uno de sus planteamientos centrales es el énfasis en el lado animal de los seres humanos y la importancia del apetito camal, que debe satisfacerse a toda costa. LaVey critica al catolicismo por haber tratado de suprimir esta faceta de la experiencia humana y considerarla pecaminosa. Aunque aseguraba no rendir culto a Satanás, lo consideró un símbolo importante de oposición al cristianismo y, en general, a todas las formas establecidas de autoridad.

Otra de sus ideas destacadas tiene que ver con el darwinismo social. En el mundo se libra una constante lucha por la supervivencia y la victoria será para el más fuerte, para aquel que logre superar los abundantes obstáculos que enfrentamos a diario. Por ello, los seres humanos tienen la obligación de apartar de su camino a los débiles, considerados ‘basura humana’ que sólo pone freno al progreso personal. Apartarlos no significa matarlos, sino hacer caso omiso de ellos; en ese horizonte, resulta curioso que a lo largo de su trayectoria y a pesar de sus ideas LaVey haya respetado con bastante rigor las normas y regulaciones legales.

El Templo de Set: Rival del anterior grupo, este movimiento fue fundado por Michael Aquino, un militar del ejército estadounidense que perteneció a la Iglesia de Satán, pero la abandonó en 1975. Comparte muchas ideas con la agrupación que le dio origen, pero plantea ciertas novedades, una de las más significativas es la idea de que los hombres recibieron el don del intelecto de Set/Satanás, simbolizado por una flama negra. El deber de los fieles es cultivarlo para demoler todos los conocimientos obtenidos de las religiones previas y construir un conjunto de certezas nuevas.

Set/Satanás es un modelo a seguir que puede imitarse mediante la práctica de ritos y ceremonias mágicas. El desarrollo del supuesto ‘poder interior’ de los individuos y la aplicación estricta de su voluntad llegan a producir, según Aquino, cambios significativos en el mundo de los objetos y la naturaleza.

Activo hasta la fecha, el Templo de Set es una organización jerárquica gobernada por un consejo de nueve figuras notables. Sus miembros pertenecen a seis clases distintas según sus conocimientos y antigüedad en la secta, y van subiendo de nivel a través de complejos ritos de iniciación.

Aunque ambos cultos se esfuerzan en la utilización de la simbología asociada con el demonio, vistos en el contexto cultural de comienzos de este siglo, parecen sólo dos movimientos más en el infinito supermercado espiritual de la New Age. Aunque se asuman satánicos, su contenido está muy poco relacionado con la figura del demonio de las escrituras, y menos todavía con el siniestro personaje diseñado por la Iglesia.

EL PERSISTENTE PROBLEMA DEL MAL

El análisis somero que hemos hecho de la figura de Satanás y su trayectoria histórica pone en evidencia que esa temida imagen del mal es sólo una acumulación de mentiras, leyendas y propósitos de poder. En esa medida los cultos satánicos son discontinuos, efímeros y poco significativos. No obstante que la imagen del diablo tiene cierta base en las escrituras, la Iglesia católica creó su leyenda para mantener controlados a sus fieles. Por otra parte, diseñó los supuestos rituales y prácticas de los cultos satánicos que, en realidad, jamás fueron tan masivos o poderosos como se quiere hacer creer.

Los movimientos surgidos de este proceso son una curiosa mezcla de nuevas religiones, conducta antisocial y enfermedad mental, pero ninguno parece proponerse instaurar el reino del mal sobre la Tierra, aunque así lo crean los amantes de la teoría de la conspiración. Así que la fi- gura del demonio y sus seguidores pueden descartarse como basura seudoespiritual o desnudarlos de su escenografía para recuperar su interés antropológico.

Deshacernos del demonio es un avance intelectual, pero al desecharlo nos queda un grave problema por resolver: explicar la innegable realidad del mal que planteábamos al inicio de estas líneas. La figura del demonio se usó por mucho tiempo para entender el dolor humano y se dijo que las personas malas actuaban inspiradas por él. ¿Qué hacer cuando hemos descubierto la falsedad de su imagen? Los sectores fundamentalistas de la Iglesia permanecen fijos en el viejo convencimiento de la existencia real del demonio, incluso ciertos sacerdotes católicos siguen hablando de aquel monstruo con cola, cuernos olor azufroso. Pero los grupos progresistas buscan otra posible explicación para los padecimientos, la violencia y la conducta destructiva de la humanidad, llegando a callejones sin salida.

Más allá de ellos, quienes se mantienen alejados de la fe y de la religión consideran que el mal y el sufrimiento humanos son la mejor prueba de que Dios no existe: ¿cómo puede explicarse que un ser bueno y todopoderoso permita que haya mal en el mundo? Quizá porque Dios no es bueno ni es todopoderoso; y si carece de esos atributos —sostiene el ‘argumento del escéptico’—, simplemente no es Dios.

Sin que tengamos que sumarnos a esas líneas de pensamiento, al asomarnos abismo que se abre con esas dudas que sólo pueden superarse con la fe (si se decide tenerla), nos damos cuenta de que creencia en el demonio, cuando la hubo (y si la hubo), fue una sinuosa forma de silenciar esa inquietud espiritual y una elemental explicación para el mal.

El intelecto humano obedece la ley del menor esfuerzo. Todos solemos sentirnos más cómodos con las visiones que emplean principios extremos y diferenciados, fáciles de entender aunque nos parezcan falsos. Nuestra pareja favorita en ese conjunto de explicaciones simplistas es el binomio bien-mal que facilita comprensión del mundo y sus acontecimientos negativos.

Hoy, cuando ese planteamiento perdió su validez, comprobamos que, al desaparecer, el pobre diablo se llevó consigo muchas de nuestras falsas certezas morales. ¿Qué podemos hacer para recuperarlas? Asumir que la vida es un horizonte mucho más complicado de lo que creyeron los viejos teólogos, donde la elección entre el bien y el mal es una responsabilidad exclusiva de los hombres.

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