Pobrecitos hombres

Por Laura Drescher

A mi los hombres me producen sentimientos encontrados, Por un lado, me fastidian los machos mal avenidos, que creen que pueden hacer cualquier cosa por el hecho de haber nacido con pito colgando, y abusan sistemáticamente de las mujeres, sin pensar más allá de lo que hacen y dicen con sus escuetas dos neuronas.

Por otra parte, están aquellos que por ahí no son tan machines pero igual han aprendido conductas infames transmitidas por la cultura, la familia e, incluso, las propias madres. Son esos los que me dan como lastimita, porque me he dado cuenta de que muchas veces viven prisioneros de sus propios sentimientos, ya que no tienen maneras o canales para expresarse.

Por ejemplo, las mujeres, si estamos que nos lleva la chingada, siempre acudimos a alguna amiga, hermana, incluso a la madre, para desahogar la pena que nos aqueja, y llegar juntas a la conclusión de que “él” es la peor bazofia del mundo. Y existe incluso una solidaridad vaginal, de género, que nos permite reconfortamos y, de a poco, mejorar la tan vapuleada autoestima.

Para un hombre este tipo de canal para aligerar la carga es casi inexistente. Los amigos hombres de los hombres, se utilizan básicamente cuando se trata de contar la última conquista o las proezas sexuales. Para eso siempre están: para compararse, para presumir cosas estúpidas y, muchas veces, mentirosas como “me la cogí toda la noche, una y otra vez y por todos lados”.

Pero cuando un varón tiene la necesidad de “llorar” sus penas, de sentir el reconfortante abrazo y apapacho de un amigo, nadie está ahí para él. Sobre todo, porque los hombres no saben pedir este tipo de ayuda. Todo por tener creencias erróneas que los hacen rehenes de determinados comportamientos, y privación de sentimientos placenteros, por esos miedos a ser tildados de “blandos”.

Todo esto hace que se alejen de la felicidad, que vivan en la incertidumbre y, por supuesto, también en la ignorancia.

Como el total de esos mitos tremendos con los que cargan. “Los hombres no lloran”, privándolos, pobrecitos, de expresar cosas que pueden ser tristes, pero también cosas buenas y emotivas, y todo por el miedo a parecer “débil”. O en el sexo, mucho peor, donde tienen la carga esa de que “deben rendir” a como dé lugar y, justamente, esa ansiedad por ser los mejores es la que lleva a problemas tan comunes como la eyaculación precoz, la impotencia o la disfunción del deseo sexual. No sólo pone a los varones en aprietos, sino que sitúa a la mujer en un lugar nefasto, como si fuera un adminículo decorativo, pasivo, y ellos, los responsables de generar el placer. La acción, la destreza se vuelven más importantes que el placer en sí, que la ternura, que el amor, que las caricias y los mimos.

Otro mito muy acuñado es el que expresa que “el hombre es responsable del orgasmo de la mujer”. Falso, falso y más falso. La mujer es responsable de su propio orgasmo y es su deber decirle al hombre cómo le gusta para que él le ayude a alcanzarlo. Claro que muchas terminan fingiendo, pues el galán de turno resulta tan insoportablemente machín, que no permite al decorado (léase, la mujer) decir ni pío.

Es hora de hacer conciencia y que cada uno de ustedes se pregunte qué clase de hombre es y cómo desea ser. Yo sí creo que se puede cambiar, quizá no la base de uno mismo, pero si este montón de conductas negativas aprendidas durante toda una vida de falsas premisas.

Por si les interesa saber, he de decirles que las mujeres preferimos a los hombres sensibles, que sepan escuchar pero, ante * todo, que tengan la capacidad de conmoverse, que demuestren sus sentimientos y que guarden en la intimidad de la pareja las cosas que viven juntos.

Ustedes deciden quién ser.

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